Releer mis entradas viejas, o mis diarios anteriores, siempre me lleva a una pregunta esencial, a la cuestión de la que derivan todas estas palabras —a veces ilógicas e inconexas—: ¿Sigo siendo la misma persona?
No lo sé. No estoy segura.
Algunas cosas han cambiado; otras permanecen exactamente igual. A decir verdad, si tuviera la oportunidad de hablar con una versión antigua de mí misma, no estoy segura de si podría entenderla... o ella a mí. Todo es tan confuso. Leo cosas del pasado y veo sufrimiento en asuntos que ya no me duelen. Luego continúo y leo mis mismas preocupaciones actuales. En el pasado pensé que ciertas cosas se solucionaban con la perfección. Hoy más que nunca estoy plenamente consciente de la necesidad del amor propio y estoy más enamorada de mí misma que en cualquier época pasada; ello no implica, tampoco, descuidar la salud física, emocional e intelectual de uno mismo.
Ciertas nubes se han disipado, aunque también es evidente que nuevas aparecen. La edad sólo me hace consciente de la vanidad de la vida, de las presiones que aparecen con la claridad de la mente. En algunos aspectos te aprisionan, y con cada decisión que tomas, delimitas tu árbol de oportunidades en la vida. De pronto resultan ridículas las cosas que hacías hace un par de años, pero muy en el fondo te gustaría seguir actuando como el niño o joven que fuiste.
Es cierto, ya no soy la misma, ni pienso lo mismo, ni hago lo que hacía hace algunos años. Pero la esencia de lo que alguna vez fui permanece y renace cuando se enfrenta con el pasado.
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