lunes, 4 de noviembre de 2013

Tiempo

El tiempo pasa. A veces se siente que muy rápido; otras veces, se siente una eternidad, pero las cosas terminan pasando a final de cuentas. 

Últimamente he sentido una necesidad incesante de que el tiempo pase inmediatamente. Que se acabe el semestre, que se acabe el año, que pase todo el 2014, que terminen los martirios. Muchas personas nos mentalizamos a aguantar ciertas cosas sólo porque "en algún momento van a terminar", pero hasta hoy he llegado al extremo de llegar a pensar que al morir todo se acabaría. Y me sentí bien con eso.

No me malinterpreten, no es que tenga tendencias suicidas (al menos no en un estado emocional estable), sino que he llegado a un punto del hastío en el que quiero acabar con todo lo que estoy haciendo. No quiero ir a trabajar, no quiero ir a clases, no quiero ni siquiera ver a las personas, hablar,... sólo quiero llegar al final del día y dormir. Y soñar, soñar con las cosas que me apasionan hasta terminar odiándolas, para luego buscar nuevos objetos dignos de mis obsesiones. 

¿Por qué sucede esto? Sí, sí sé por qué. Porque sigo obligada a los deberes, porque no encuentro particular deseo por aquello que me es impuesto, porque quiero hacer lo que me plazca y no lo que me exijan... 

¿Mi trabajo? No me apasiona en lo absoluto. ¿Mi carrera? Me encanta, pero me encuentro desencantada al estar tan cerca y tan lejos de la meta. ¿El amor, la vida? La naturaleza humana en sí me decepciona. ¿Mis amigos? Tienen sus propios problemas emocionales para aparte tratar con los míos.

Sé que necesito un respiro. Un descanso de una rutina tan demandante que me agota física y emocionalmente minuto a minuto. Sólo así podré dejar de desear que se acabe todo lo que acontece a mi alrededor.

Aunque el tiempo siga pasando.

domingo, 30 de junio de 2013

Decisiones y posibilidades

Hoy me levanté de un sueño que me estremeció. Al parecer, mi mente se tomó la libertad de tomar partes de una y otra conversación, y amalgamarlos para realizar una pesadilla disfrazada de sueño común...

Y bien, lo que me tiene consternada no es el sueño, sino la terrible posibilidad que se abrió a mis ojos. En ese sueño, traicionaba a una amiga, conquistando a la persona que ella quería. Y más aún, haciéndome la inocente, como si hubiera sido "por accidente" cuando no fue así. Lo hice con toda intención, porque ese hombre representa todo lo que estoy buscando. A grandes rasgos, al menos; juzgando por encima.

Ni siquiera conozco a la persona en cuestión, pero sé que puedo lograr conocerlo si me lo propusiera. Hoy mi mente se ha obstinado en hacer todo lo posible por conquistarlo, hacerlo mío, que ruegue por mi amor... y todo porque quiero algo que valga la pena ser presumido. Es decir, si todo lo que he sufrido anteriormente fue por una razón superior, supongo yo que es para demostrarme que llegaría alguien mil veces mejor que viniera a desvanecer mi desilusión. 

Estoy consciente de que el fin no justifica los medios. En este momento, una parte de mí le está gritando a la otra para ponerse en manos a la obra. Y esa otra mitad reniega de ello. "No está bien, para nada, ni por asomo", susurra, dubitativa. Sé que tengo ambos lados de la moneda, y que normalmente suelo hacer lo correcto... sin embargo, el miedo que me corroe en el alma es precisamente que la parte de mí que busca lo correcto está silenciándose, en tanto que la impulsiva está tomando la batuta de la situación. 

En estos instantes, no sabría decir si tengo la mente más clara que nunca, o si, por el contrario, la neblina que cubre mis pensamientos es tan densa que me hace pensar que veo blancura, una pureza inmaculada. He puesto mis ojos en un reto mayor, en algo que trasciende más que un simple amor pasajero. Mis ojos están fijados al horizonte más lejano, a la certeza de un futuro confortable, a... la comodidad del porvenir. Pero sé que para ello tendré que trabajar muy duro, y quizá pisotear a unas cuantas personas con tal de lograrlo. Mi parte corrupta está dispuesta a tomar acción, y su contra-parte idealista y pura está en duda, queriendo rechazar aquella propuesta de la corrupción. Pero no encuentra razón para negarse.

¿Así de lastimada me encuentro que ni siquiera puedo pensar en la destrucción de mi propia moral? Puedo culpar a mil personas de mis desgracias, pero yo estoy tomando mis propias decisiones. Hoy no encuentro motivos para comportarme a la talla de mis estándares morales, así que la corrupción me está envolviendo poco a poco, acallando a esa voz llamada consciencia.      

martes, 25 de junio de 2013

La mujer de Rigoberto Martínez

A Rigoberto Martínez le molestaba que le hicieran comentarios respecto a su cabellera recientemente teñida. Sus canas, que antes reflejaban la claridad que otorgan los años y la experiencia, se veían empañadas por un fuerte color oscuro que intentaba ocultar -fallidamente- la edad que realmente tenía. No es que le molestara en demasía, si embargo, a su esposa veinte años menor que él,  sí.


-Cariño, de verdad, te juro que ese color te hará ver mucho mejor - solía repetirle su esposa mientras untaba aquella mezcla extraña en la cabeza de Rigoberto. Su bigote blanco tampoco se salvaba de aquella invasión extraña, resultando en una combinación realmente atroz al compararlo con el color de sus vellos en el pecho.


Por supuesto que para ella, la edad sí le importaba. En su círculo de amistades, no era ningún secreto que ella se había casado por amor al dinero de Rigoberto. Aquella afortunada decisión la llevó de la pobreza a la prosperidad. Ahora -creía ella-, necesitaba simular que esa relación no era tan dispareja como muchos pensaron el día de su boda. Después de todo, tendría que pasar aún varios años más antes de disfrutar ella sola la fortuna de Rigoberto. Incluso, tras la muerte del viejo raboverde, tendría que luchar con los hijos de su primer matrimonio por aquello que le pertenecía. Todo era de ella, y nada más de ella. No por nada tenía que soportar los desplantes de su esposo, los desprecios de una familia a la cual nunca pertenecería -parece que la mayoría de las personas siempre le dan preferencia al "primer todo"; el primer amor, el primer matrimono, el primer hijo-, y una vida donde la mentira era la única constante. "Al menos haré de esta situación algo más tolerable", se decía a sí misma en cada intento de rejuvenecer a Rigoberto. Dietas restrictivas, ropa nueva, tintes para el cabello; cualquier posibilidad a su alcance sería impuesta a su avejantado esposo, quien aceptaba cada imposición a remilgos.


-¿Qué te pasó en el cabello, Rigo? -preguntó Estrella, una mujer madura y corpulenta, con un temple extraordinario, pero que no podía evitar ocultar la comicidad de la situación.


-Es Paty la que insiste en pintarme el cabello, no tengo más opción -respondió Rigoberto con una mirada apacible a su hermana favorita, aunque no podía evitar reflejar aquella resignación en sus rasgos cubiertos con unas cuantas arrugas.


Estrella sonrió.


-Tú sabrás, manito, tú sabrás.


La visita fue corta, ya que el marido de Estrella la esperaba impacientemente afuera de la oficina de Rigoberto. Desde que él se había casado con aquella mujer, Paty, la unión familiar terminó tajantemente. Antes, cuando estaba casado con Ángeles, sus hermanas solían reunirse con él cada cumpleaños, cada navidad y cada fin de año. Ahora apenas y le contestaban el teléfono, y tenía incluso que suplicar por que lo incluyeran en las reuniones familiares cuyo anfitrión era él en el pasado. Estrella no era precisamente grosera con él, pero Raquel, la segunda en nacer -después de Rigoberto, quien era el mayor-, era un caso distinto.


-Si viene a mi casa sin avisar le mento la madre -le decía a Estrella, con una ira en su tono que estremecía.



Pues, con la novedad

¿Quieren vieja cabrona? Pues vieja cabrona van a tener.


Pinches hombres de mierda que se comportan como nenas maricas.

sábado, 22 de junio de 2013

Abatimiento

Cuando busco estabilidad en medio de la nada, tal parece que el producto de la casualidad, de la psicología inversa o la ley de los opuestos -qué sé yo, quizá una combinación de las tres-, aparecen de nuevo aquellas situaciones, esas personas, que causan un tambaleo emocional increíble. Y lo poco a lo que me puedo aferrar me provoca el peor de los daño, como si pudieran atisbar su importancia necesaria...


¿En qué momento va a dejar de hacerme daño? No quisiera pensar que nunca, porque sé que cualquier debilidad se puede ir superando hasta que la misma no signifique nada. Pero toma tiempo, un muy doloroso tiempo. Hoy, por ejemplo, me aventuré a entrar a la lógica retorcida de aquél que amé. Sabía que me estaba aventurando al sufrimiento, y aún así me permití regresar a la cruda desesperación de sus pensamientos. Parece no decir nada, sin embargo, tan bien como lo conozco, sé que grita en sus propias palabras, así como también en sus silencios. ¿Seguirá arrepintiéndose de haberme perdido? Al menos ahora estoy consciente de que hubiera terminado pulverizada en sus manos, y que haberle permitido demasiado fue un error brutal.


¿Y por qué vuelvo a hablar de él? Porque todo aquello que me estaba haciendo olvidarlo me falló. Y hoy no puedo recurrir a nadie que me escuche, más que mi propia desesperación, esa que me dirige de nuevo a sus brazos invisibles. Como si quisiera convencerme a mí misma de que la triste belleza de nuestros recuerdos es el dolor más hermoso, más puro, lo esencialmente perfecto, y que, por tanto, no necesito nada más que el vestigio de su amor para seguir adelante.


Quizá sea yo la que tiene la lógica retorcida. Pero qué más da.  

jueves, 9 de mayo de 2013

Recaída

Iba tan bien, había superado tan satisfactoriamente (o al menos, decentemente) la tentación y hoy, en un ataque de histeria y desesperación, eché todo a perder. Por unos breves instantes de delirio, intenté satisfacer mi avidez por saber de él... por enterarme de qué había sido de él estos últimos meses, ¿está bien? ¿cómo le ha ido? ¿qué tiene que contarme?


Al caer en el error, inmediatamente intenté remediarlo. Con las manos temblorosas, me apresuré a cerrar de nuevo ese capítulo de mi vida. Con temor a que descubriera mi presencia, escapé de su vista. Porque estaba ahí. 


[Continuará...]

domingo, 24 de febrero de 2013

A gritos

A gritos le pido al cielo, a Dios o a cualquier deidad que controle esto, que se detenga: ya ha sido suficiente tanto martirio, tanto dolor, miseria y por... nada. Por un asunto que terminó hace meses, por otro asunto que nunca debió existir en primer lugar, por otros tantos más que sólo me están dañando más allá de generarme alguna calma.  No sé qué hacer.


Ya lo sé, lo tengo perfectamente claro: todo esto no es culpa de nadie más que de mí misma, pero es que estoy desesperada porque lo que pensé que sería temporal está tomando más tiempo para volver a su cauce normal.


Estoy consciente de que he creado fantasmas de mi pasado, que no me dejan ser libre, que me persiguen a cada momento recordándome en qué me equivoqué, y el por qué nunca nadie va a querer acercarse a mí. Porque... ¿qué buena razón puede haber en ello? No soy la más bella, ni la más inteligente, ni la de mejor cuerpo, ni la más divertida o la de mejores habilidades sociales. Soy un conjunto de características que si bien no son las peores, tampoco son las mejores. Entonces, ¿qué le llevaría a alguien querer acercarse a mí si no hay nada que resalte ante las demás? YA SÉ, YA SÉ, este tipo de pensamientos son los que me tienen hundida pero no puedo evitarlos, pues los mismos fantasmas me dicen eso precisamente. Que sí es cierto, que por eso estoy sola, que no merezco que nadie nunca vea más allá de mi superficie fría y magullada. ¿Cómo le hace uno para sobreponerse ante esas debilidades? ¿De qué manera superas una relación fallida en donde te dicen, así tan sencillo, que eres tan común como cualquier otra, una más en la lista? Que a pesar de todas esas palabras y promesas, lo único que te dicen es "en mi defensa, no nos amamos". ¿CÓMO? ¿Cómo te sobrepones cuando, además de ello, la persona que parece que puede curar tus penas hace todo lo posible por tratarte de manera especial, en tanto sus palabras sólo desean una "bonita amistad"? ¿Cómo te sobrepones cuando aquél otro chico que te gustaba termina siendo un patán que te utilizaba para su beneficio académico? ¿Y mientras tanto? Mientras tanto el otro que estuvo antes de estos tres, sigue sin siquiera dirigirte la palabra no sabes si por verguenza, desinterés o plena ignorancia.


No sé, no sé. Necesito tomar medidas drásticas que me permitan salir de esta oscuridad que no parece tener fin. Si falta mucho para salir del túnel, aunque sea con un par de piedras voy a prender fuego o a encender calderas para hacer luz, y hacer el camino menos doloroso. Ya me cansé, estoy hasta LA MADRE de ser tan pesimista, estúpida y con tan poca autoestima para creerme las mentadas de madre de mi propia debilidad, no puedo, simplemente no puedo...    

Hoy voy a hacer las cosas diferentes y voy a dejar de compadecerme en mi inutilidad. Y voy a escribir a como dé lugar estos recuerdos que, aunque son tan dolorosos, me recordarán que no debo caer con la misma piedra.

Juro que todo este sufrimiento se va a ir a chingar a su madre, porque ya me tiene harta y me ha drenado tanta sangre y lágrimas que me sorprende, por tanto, seguir adelante.   

sábado, 9 de febrero de 2013

¿Por qué me enojo?

Porque yo soy la estúpida. La que empezó a quererte sin ningún fundamento propio. La que esperaba que tú fueras la salvación de las constantes causas perdidas, y qué equivocada estaba al no darme cuenta de que tú eras una de ellas también. Aún y cuando todo lo que tenía al frente me mostraba lo evidente.


¿Que por qué me enojo? Porque me enfrento a la triste realidad de que busco en las personas lo que no me pueden dar. Porque me doy cuenta de que quizá sí le tenga miedo a enamorarme, a lograr la estabilidad que intrínsecamente se asocia a lo aburrido, a la rutina, a la falta de drama. Porque quizá encuentro placer en lo complicado, en la indecisión, en los conflictos.


Si me preguntas la razón, la justificación que podría darte sería tan poco lógica para ti, y sin embargo dentro de mi incontenible odio todo tiene sentido. Si tan sólo supieras eso que por orgullo callo, quizá no todo sonaría tan retorcido.

Feliz cumpleaños para mí, espero que esto sea solamente una mancha dentro de mi hermoso día. 

lunes, 4 de febrero de 2013

Enfermiza

Así me siento de todo en las redes sociales, o más bien cualquier tipo de interacción social. Sobre todo la de Internet. Pero también algo en el día a día.

No sé qué me pasa. Estoy de nuevo en esa época poco agradable en donde a cada persona, cada comentario que se cruza en mi camino termina siendo destrozado por mi cabeza. Inferiorizo sentimientos, asignándole a su emisor un carácter por demás explicativo por principios Freudianos.

No hay significados, no hay más que superficialidad andante, no hay contenido, sólo un par de formas extrañas en las que se ha desarrollado nuestra sociedad. Somos una nada. 

¿Y yo? Estoy en el punto en donde la belleza y fealdad se difuminan a un punto en donde ya no sé siquiera qué es lo uno y qué es lo otro. 

Cada acción humana (y por ello no dejo de incluirme ni mucho menos) me repugna, me da asco, me recuerda lo imperfectos en que nos empeñamos a ser... batallamos mucho por dar impresiones, por conseguir cosas vanales que apenas y a uno mismo le dan satisfacción. Estamos rodeados de una cultura vacía, superflua, con sentimientos llanos y carentes de intensidad necesaria.

Quizá no sé lo que siento. Quizá lo que quiero es insensibilizarme ante lo que yo considero idioteces. En realidad mi aversión social se debe a que me importan más las cosas de lo que deberían. Espero mucho de los otros y ésos otros me dan nada. Porque así siempre ha sido y siempre lo será.

Hoy odio a todos. Y precisamente eso es lo que debe cambiar... no a un odio, sino a una indiferencia que resulte acogedora. No creo lograrlo completamente alguna vez (no creo que nadie pueda) pero acercarme un poco más a ello me podrá dar una mayor felicidad.

Que todo mundo se vaya a la mierda.    

viernes, 11 de enero de 2013

¿Qué se hace?

Hoy mientras venía caminando por la calle, en vigilia, pensé en mi constante tumulto de sentimientos. De aquellas sensaciones que si bien son momentáneas y pasajeras, vuelven con cierta intensidad cuando menos las espero. Son ese tipo de reacciones que me hacen pensar si realmente aquello que pensaba ser historia sólo termina siendo reprimido por mi subconsiente. De mi corazón rasgado y maltratado, una manera de autoprotección.

¿En qué momento uno sabe que ha superado un doloroso pasado? ¿Cuando, si se habla de ello, no se te encoge el corazón? ¿Si eres capaz de afrontarlo como una etapa más de tu vida? ¿Si ya no te provoca algún sentimiento? 

¿Y qué tal si, por otra parte, aquello que sucedió no viene al caso? Nunca hablas de ello, ni vuelve a ser tema de sobremesa. Si queda enterrado en la memoria --que, sigo insistiendo, es engañosa y traicionera: poco confiable. Un arma de doble filo--, ¿quiere decir que ya terminó? ¿Cómo sabes si tu falta de reacción se debe a que el dolor está entumecido en lo más recóndito de tus recuerdos. Esos que ves en cortinas de humo, los cuales tienes que agregar detalles propios para completar la imagen completa.

Hoy por hoy, me he dado cuenta de que realmente nadie ha sido lo suficientemente fuerte para tambalearme y hacer que mi memoria recuerde mis sentimientos. Sólo uno. El primero, el único hasta ahora. Ello no quiere decir que los otros hayan sido menos dolorosos. 

Pero él, el primero, incluso a pesar de los años, sigue estando presente, con una gran exactitud. Tengo bien claro ese amalgama de sentimientos que me provocaba. Los otros y apenas son pequeñas brisas dentro de ése mismo huracán, errático, sin patrones. Que va y viene cuanto menos le espero.

¿En qué momento el corto plazo se vuelve largo plazo? ¿Cuándo sabré si lo que siento hoy será algo duradero, o solamente una explosión de los instintos que rugen desde mis entrañas?