Déjame me pongo la venda en los ojos. Háblame, dime todo aquello que quiero oír. Eventualmente podrás ir callando, y yo podré seguir adelante con la venda de tus mentiras. Y llegará un punto en el que no necesite más de la venda física, porque se habrá formado otra más limitante, más cegadora, más profunda: una con mis ilusiones. Eventualmente podrás alejarte, y te prometo que no te diré nada porque teniendo esa venda yo podré verte a cientos de kilómetros. Estaré ciega, pero así podré recordarte más claramente en mi corazón.
Y, alma mía, ¿dónde estás? No quiero saberlo, prefiero que te marches cuando tenga la venda puesta, así no podré seguirte hasta la eternidad. El día en que la venda se caiga, será muy tarde para reclamarte, pues ya no estarás ahí a mi lado.
Ciégame con tus palabras antes de que te vayas, que soy de esas personas que pueden vivir años aferradas a los recuerdos. Un beso tuyo me bastaría para vivir ilusionada toda la vida, porque siendo sinceros, ¿cuándo tendré alguna vez el privilegio de probar tus labios?