jueves, 2 de septiembre de 2021

Cómo pasan los años

 Y cómo pasa la vida. 


Cada una de las pérdidas que hemos sufrido, mi familia y yo, han pesado con toda el alma.

Duele demasiado ser incapaz de ver a quienes amas. Extraño abrazarlos, darles besos. Me gustaría decirles que todo va a estar bien, pero es imposible saber si realmente así será.

¿Cuándo podremos volver a la normalidad?

lunes, 15 de junio de 2020

Las vueltas que da la vida

Y vaya que las da. Si me hubieran dicho hace un año que estaría viviendo en otra ciudad, con quien alguna vez consideré mi verdugo... no me la creería.

Hasta cierto punto, sigo sin creérmela del todo.

Han pasado demasiadas cosas desde la última vez que escribí aquí. Sufrí, gocé. Amé, perdí, y me recuperé. Sané lentamente y hoy me encuentro plena y feliz.

Las dudas nunca se van; jamás nos vamos a sentir completa seguridad ni tendremos total control de la situación. Sólo nos queda confiar en que, si es necesario, sabremos retirarnos con dignidad.

Así pasen seis meses, seis años, o toda una vida.

miércoles, 1 de agosto de 2018

La grulla que da mil vueltas


Alguna vez hice, para los dos grandes amores de mi vida, dos grullas de papel. Una grulla para cada uno de ellos. En algún punto del tiempo, ambas grullas compartieron el mismo espacio... podrían haberse encontrado a la vuelta de la esquina si así hubieran querido. Pero no lo hicieron, tan sólo transitaban en un mismo sitio, absortas en sus propios pensamientos. 

La primera grulla, de mi primer amor, se escondió entre los espacios más recónditos de un cajón. En algún momento estuvo cerca de mi amado, queriendo asomarse por entre el mar de papeles que abundaban en su escritorio. Atenta, buscaba conseguir la atención de esos ojos negros que alguna vez adoró. No obstante, pese a sus intentos fútiles día con día de ser digna de sus pensamientos, la grulla terminó siendo encerrada para nunca más ver la luz del día. Ese fue siempre su destino: estar oculta, perderse entre la multitud de hojas que le recordaban que no era más especial que las demás tan sólo por estar elegantemente doblada en esa figura altiva que la caracterizaba. Antes de consumirse el fuego del amor de manera definitiva, la grulla sintió una terrible desesperación en su tristeza e intentó destruirse. Se lastimó, pero no tuvo el valor para acabar totalmente con ella. La grulla pertenecería para siempre a aquél hombre, y sólo él habría podido decidir su final. El futuro de aquella grulla es incierto; podría haber muerto ya, o quizá de manera milagrosa, podría estar oculta en un pequeño rincón del corazón de ese hombre que por tanto tiempo la ocultó. Pero ya no tiene vida, tan solo es un vestigio de la memoria. La memoria de él, y mi memoria.

La segunda grulla, en cambio, fue recibida con una felicidad inconmensurable. Esta grulla, sabiendo el destino de su hermana mayor, se dirigió a esconderse en la soledad de los cajones vacíos de mi segundo amor. La grulla no aspiraba a ser más que la novedad del momento, para terminar muriendo en aquél cajón que al menos, no tenía más hojas que pudieran molestarla; ella ya había aceptado su destino desde un inicio como posible separador de libros en el mejor de los casos. Sin embargo, para su sorpresa, el hombre la sacó de su escondite y la mantuvo siempre a la vista: en un lugar al que sus ojos verdes pudieran posarse en los momentos de mayor oscuridad. La grulla le daba luz, alegría. La grulla se movía a ritmo de mi amado. Un día miraba hacia la izquierda, otro día miraba a la derecha. A veces se hallaba a un costado de su dueño; en otras ocasiones, se posaba justo frente a él. Era una grulla feliz, libre, y sobre todo, leal. 

El dueño de la grulla feliz, por distintos motivos, ha decidido alejarse de todos y todo porque es incapaz momentáneamente de ver alguna luz entre su mundo de oscuridad. A mí también me llenó el mundo de tristeza. Y sobre todo, por un momento, las grullas de mi corazón se desvanecieron... 

No sé cuánto tiempo me tomará sanar de mi segundo amor, ni tampoco sé si algún día volverá a mi lado. Lo único que sé es que la grulla lo sigue acompañando, dando mil vueltas y posándose junto a su amado a cada instante. Ojalá la grulla feliz le permita, de menos, entender que la luz un día volverá a sus ojos... y mientras la mantenga girando, sabré que no todo está perdido.


Aunque haya días que muera de dolor.

martes, 13 de febrero de 2018

Si no duele, no sirve

Me parece sumamente increíble ver mi última entrada del año pasado, y ver cómo me sentía tan enamorada de una idea imposible... de cómo mi amor se fue deformando hacia una obsesión, una desconfianza que poco a poco fue matando cada sentimiento positivo hacia mi Némesis, que terminó siendo precisamente eso; mi Némesis, mi destrucción.

No tengo duda de que lo amé... pero el paso del tiempo se encargó de demostrarme que mi amor jamás fue correspondido de la misma manera, o a lo mucho, que sus formas de amar son dañinas hasta el punto de ser fulminantes.  ¿Es su culpa? Es posible que no, pero eso no quiere decir que yo tengo que cargar con dolor ajeno, cuando él ni siquiera se atreve a buscar soluciones a sus problemas.

La entrada anterior no es más que la pura verdad... lo amé intensamente. Con él viví no solamente una aventura, o lo prohibido... con él también aprendí a conocerme a mí misma, a darle nombre a mis sentimientos, a darme cuenta de que en una relación, debes tener muy en claro tus límites para que no te destruyan. Aprendí, sobre todo, a dejar de lado mi orgullo altanero para ver su rostro, colmado de cariño —ese es el único sentimiento del cuál no tengo duda haya sentido hacia mí— para así, poder perdonar y seguir adelante. Siempre me pensé como una persona vengativa, rencorosa, pero el tiempo me hace ver cómo, al final del día, siempre me quedo con lo mejor de las personas que alguna vez formaron parte de mi vida... aún y cuando me hayan lastimado a niveles insospechados. Tú, mi Némesis, eres mi más claro ejemplo, porque pese a todo lo que nos ha ocurrido... deseo sinceramente tu felicidad. 

¿Por qué el título de la entrada? Bueno, entre muchas cosas que me han sucedido durante los últimos meses, asistí con una psicóloga para encarar todos mis demonios y comenzar a tener las riendas de mis sentimientos, y de mi vida en general. En algún punto de las sesiones, me dijo que las cosas que he logrado hasta el momento, se han realizado en base a un camino de dolor... "si no duele, no sirve". He visto el dolor como un método de crecimiento, y por eso he aceptado que mi Némesis viniera a destruirme, puesto que necesitaba tal parece, tocar fondo para resurgir. Pero... ¿acaso era necesario que me patearan a ese nivel, para ir en busca de mi propia felicidad?

Quizá ahorita es demasiado tarde analizar todo esto... porque simplemente ya forma parte de un pasado que estará ahí por el resto de mi vida. Es un pasado que debe recordarme que no necesito tocar fondo para salir al mundo y lograr mi propia felicidad. No necesito que me pateen para ir en busca de lo mejor.

¿Y saben qué es lo mejor? Que la vida da muchas vueltas, y mientras vivía mis momentos más oscuros con mi Némesis, cuando menos lo esperaba, o lo buscaba... me he encontrado a alguien que me hace suspirar una vez más. Con un par de palabras, logra sacarme una sonrisa de ternura, de alegría, de amor... que ni yo misma me reconozco. Me siento en las nubes, como si tuviera quince años y estuviera viviendo el amor por primera vez. Es, sencillamente, fascinante.

Y lo mejor de todo, es que no tengo miedo a que me lastimen en esta ocasión.

jueves, 27 de abril de 2017

Te amo

Sí, te amo.

Te amo con una locura y con una pasión que jamás creí volver a sentir. Antes de ti, mis emociones estaban entumecidas; parecía una muerta en vida. Las manifestaciones de amor que cualquiera intentaba darme me parecían superfluas, insignificantes, inútiles. Me forzaba a querer a las personas... pese a que no sintiera ni la más mínima atracción por ellas. Sentía como si una pieza en mi cabeza (o en mi corazón) estuviera fallando, pues intenté con muchos hombres, enamorarme de verdad. Por muchas ocasiones, acallé mi instinto que me decía que me estaba equivocando... que me alejara de todos ellos. Y cómo sufría en cada final al darme cuenta que mi voz interior tuvo razón desde un principio. 

Y luego, ¿qué? 

No sé, fuiste inesperado. De pronto llegaste tú, sin ninguna intención... a interesarte por mí. Por mi persona, ir más allá de la fachada que soy y suelo dar a todos los demás. De una manera en la que no me explico, te fuiste ganando mi confianza, uno a uno de mis secretos... una a una de las pequeñas partes de todos los pedazos de mi corazón, que a la fecha sigue estando roto y descuidado. 

De pronto, empecé a pensar cada vez más en ti, y en cómo me complementabas en muchísimos aspectos de mi persona. Contigo aprendí por primera vez a sincerarme, a entender que debo hablar mis sentimientos para que las personas me entiendan, a comprender que más allá de mi propio egoísmo, soy capaz de sentir tu sufrimiento como el mío, así como a gozar tu alegría como si fuera mi propio regocijo. Contigo desaprendí todo lo malo de estos últimos diez años, y me vi amando igual que como me sucedió la primera vez. Con esa intensidad.

Sólo hasta ahora que admito que te amo, es cuando puedo visualizar que todo lo que he hecho por estar a tu lado está absolutamente equivocado. Pero luego me pregunto... ¿habríamos sentido lo mismo si me hubiera alejado desde antes? Por primera vez en mucho tiempo, seguí esa voz interior que me decía que continuara. Aún la sigo escuchando, y es por eso que todavía sigo contigo. Pese a que nuestro amor sea indebido.

Dicho esto, estoy consciente de que probablemente tú no me ames con la misma intensidad que yo, pero no te preocupes. Ya estoy acostumbrada a que eso siempre suceda. Me basta con saber que no estoy rota, y que puedo volver a sentir amor pese a tanto sufrimiento. Prefiero sentirme en llamas, a pasar el resto de mi vida incapaz de sentir nada más que no sea el vacío de mi propia existencia.

Te amo. 

La entrada anterior...

He estado vuelta loca en los últimos meses. He pasado días y noches llorando en agonía intentado explicarme, una y otra vez, cómo es posible que haya caído en una situación tan problemática, tan dolorosa, y tan aterradoramente fascinante. Y luego veo la entrada anterior... y yo misma me doy la respuesta. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Yo, y nadie más que yo, fui la causante de todo este cúmulo de emociones que me están consumiendo por dentro. Aunque no, ni eso. Las emociones no me consumen... ahora ellas son entes ajenos a mí, a los cuales estoy alborotando continuamente. Les aplico fuertes dosis de adrenalina, las pisoteo y las magullo sin cesar, hasta exprimirlas... hasta dejarlas agotadas y entumecidas. Para que no reaccionen como deben de reaccionar. Cuando las dejo descansar es cuando retoman su fuerza original y me hacen sufrir. La culpa y el dolor vuelven a mí de golpe, y es cuando vuelvo a ser errante, pues estoy tan podrida en mi interior que no encuentro consuelo en mi misma. Ocupo hacer daño a mi temible fuente de estímulos, para de algún modo retorcido sentir paz y encontrar un equilibrio. Un equilibrio destructivo.

¿Cuándo me siento tranquila? Cuando hago esa peligrosa disociación entre mis sentimientos y mis acciones. Cuando la persona física que actúa y el ser metafísico que piensa y siente, se separan. El ser metafísico se vuelve un vil espectador de lo que el cuerpo físico hace y deshace... y éste se conforma con ver el fuego que prende a los demás. Provocar quemaduras, sufrimientos, reflejar de manera externa lo que le sucede al metafísico.

Me da miedo la persona en que me he convertido... pero me pregunto yo, ¿acaso no era lo que buscaba en primer lugar? Ahora más que nunca soy el reflejo de lo que buscaba ser hace seis o siete años desde que empecé a escribir aquí. Ya no me importa nada, ni nadie. Soy lo suficientemente egoísta y estoica para soportar descaradamente todos los frutos prohibidos que me permito.

¿Soy feliz? A veces, pero creo que uno nunca puede ser feliz todo el tiempo. Al menos yo nunca podré ser completamente feliz en el amor, porque mi amor mata, es dañino y doloroso. Así que me dedicaré a saborear esta miseria que... si acaso me provee de material para escribir.

¿Quién dijo que no podría encontrar la felicidad en la belleza de las palabras? Ellas son mi único consuelo.

sábado, 13 de agosto de 2016

Pensamientos de injusticia

Hace meses que no escribo nada relacionado a mi persona. Mi diario tiene páginas vacías, este espacio no ha sido actualizado en meses... cualquier alusión a mi cordura fue suprimida de tal manera que por unos instantes no existí, más que en mi propio cuerpo, sólo en mi mente. Supongo que fue, evidentemente, para demostrar el miedo que tenía a asumir que los pensamientos se desvanecen con el tiempo... lo que hoy siento probablemente mañana no exista, y que finalmente una gran parte de los momentos que vivimos son superfluos, y no nos definen del todo. Pocos son aquellos instantes que nos marcan profundamente para el resto de nuestras vidas.



En fin, lo que quería tratar en este momento no era precisamente el miedo a la temporalidad. Lo que me trae hoy a escribir aquí es sobre la injusticia. Pensamientos de injusticia, para ser exactos.


Una persona que adoro con todo mi corazón, me hizo un test psicológico hace un par de meses. Era un test de esos que suelen ser bastante convencionales, sencillos, pero que a partir de ellos puedes obtener conclusiones relativamente certeras que asustan. Aquél test trataba de descubrir pensamientos irracionales y automáticos que solemos tener; que no nos percatamos que los tenemos hasta que alguien más nos los hace notar.


"En tus resultados veo que sueles tener bastantes pensamientos de injusticia".


¿Qué era aquéllo? Bien, parece que una parte no tan consciente de mi persona, considera que la vida ha sido injusta conmigo... se manifiesta de distintas maneras, pero suele ser un cierto enojo a mi vida o a las circunstancias que me provocan ansiedad. "¿Por qué, si soy buena persona, me pasan cosas malas?", "¿Por qué he tenido que sufrir más que otras personas para llegar a donde estoy?", "¿Por qué no me quiere, cuando yo lo amo con todo mi corazón?".


Sí, apenas me lo dijeron reconocí todo aquello. Suelo hacerme la víctima, pienso que no me merezco el rechazo, las dificultades, detesto ver que algunos afortunados tienen una mejor vida que yo con menos esfuerzo, lloro porque no me ama la persona que yo amo... todo, todo es cierto. Me estresa, me provoca una ira que no puedo controlar. 


Trabajo en ello, y estar consciente de este tipo de pensamientos me ha provocado cosas buenas... y malas tambien. 


Buenas: intento ser más relativa, darme cuenta que yo misma estoy en una posición mucho más privilegiada que otras personas... veo todo lo que hago y que finalmente sí tengo recompensa por mi trabajo duro. Hay pruebas cuantitativas que me muestran mi esfuerzo día a día. Y sigo haciendo todo aquello que me hace bien, sobre todo en el aspecto profesional y familiar.


Malas: ocurren sobre todo en el plano amoroso. Dada mi patética vida amorosa y mi nueva perspectiva de mi persona como "la víctima", he adoptado otra posición mucho más peligrosa. Al estar acostumbrada a la mala vida del amor, a no ser correspondida, a sufrir... ahora pienso "OK, sufriré. Pero si sufro, que sea al menos por algo que yo haya provocado". Funciona, las cosas malas siguen sucediendo, pero no me siento tan mal al respecto y puedo superarlo más rápido. Me siento bien, incluso, siendo yo la que provoco celos, intrigas, la que arrebata la pasión y luego la contiene para sí. 


Nadie dijo que fuera fácil deshacerse de nuestros esquemas mentales, y probablemente esté creando otros tantos nuevos, pero sufro mucho menos que en el pasado. Y finalmente, en mi actitud egoísta, seguiré haciendo lo que me provoque placer. 


Aunque al final me duela.