Alguna vez hice, para los dos grandes amores de mi vida, dos grullas de papel. Una grulla para cada uno de ellos. En algún punto del tiempo, ambas grullas compartieron el mismo espacio... podrían haberse encontrado a la vuelta de la esquina si así hubieran querido. Pero no lo hicieron, tan sólo transitaban en un mismo sitio, absortas en sus propios pensamientos.
La primera grulla, de mi primer amor, se escondió entre los espacios más recónditos de un cajón. En algún momento estuvo cerca de mi amado, queriendo asomarse por entre el mar de papeles que abundaban en su escritorio. Atenta, buscaba conseguir la atención de esos ojos negros que alguna vez adoró. No obstante, pese a sus intentos fútiles día con día de ser digna de sus pensamientos, la grulla terminó siendo encerrada para nunca más ver la luz del día. Ese fue siempre su destino: estar oculta, perderse entre la multitud de hojas que le recordaban que no era más especial que las demás tan sólo por estar elegantemente doblada en esa figura altiva que la caracterizaba. Antes de consumirse el fuego del amor de manera definitiva, la grulla sintió una terrible desesperación en su tristeza e intentó destruirse. Se lastimó, pero no tuvo el valor para acabar totalmente con ella. La grulla pertenecería para siempre a aquél hombre, y sólo él habría podido decidir su final. El futuro de aquella grulla es incierto; podría haber muerto ya, o quizá de manera milagrosa, podría estar oculta en un pequeño rincón del corazón de ese hombre que por tanto tiempo la ocultó. Pero ya no tiene vida, tan solo es un vestigio de la memoria. La memoria de él, y mi memoria.
La segunda grulla, en cambio, fue recibida con una felicidad inconmensurable. Esta grulla, sabiendo el destino de su hermana mayor, se dirigió a esconderse en la soledad de los cajones vacíos de mi segundo amor. La grulla no aspiraba a ser más que la novedad del momento, para terminar muriendo en aquél cajón que al menos, no tenía más hojas que pudieran molestarla; ella ya había aceptado su destino desde un inicio como posible separador de libros en el mejor de los casos. Sin embargo, para su sorpresa, el hombre la sacó de su escondite y la mantuvo siempre a la vista: en un lugar al que sus ojos verdes pudieran posarse en los momentos de mayor oscuridad. La grulla le daba luz, alegría. La grulla se movía a ritmo de mi amado. Un día miraba hacia la izquierda, otro día miraba a la derecha. A veces se hallaba a un costado de su dueño; en otras ocasiones, se posaba justo frente a él. Era una grulla feliz, libre, y sobre todo, leal.
El dueño de la grulla feliz, por distintos motivos, ha decidido alejarse de todos y todo porque es incapaz momentáneamente de ver alguna luz entre su mundo de oscuridad. A mí también me llenó el mundo de tristeza. Y sobre todo, por un momento, las grullas de mi corazón se desvanecieron...
No sé cuánto tiempo me tomará sanar de mi segundo amor, ni tampoco sé si algún día volverá a mi lado. Lo único que sé es que la grulla lo sigue acompañando, dando mil vueltas y posándose junto a su amado a cada instante. Ojalá la grulla feliz le permita, de menos, entender que la luz un día volverá a sus ojos... y mientras la mantenga girando, sabré que no todo está perdido.
Aunque haya días que muera de dolor.