domingo, 30 de junio de 2013

Decisiones y posibilidades

Hoy me levanté de un sueño que me estremeció. Al parecer, mi mente se tomó la libertad de tomar partes de una y otra conversación, y amalgamarlos para realizar una pesadilla disfrazada de sueño común...

Y bien, lo que me tiene consternada no es el sueño, sino la terrible posibilidad que se abrió a mis ojos. En ese sueño, traicionaba a una amiga, conquistando a la persona que ella quería. Y más aún, haciéndome la inocente, como si hubiera sido "por accidente" cuando no fue así. Lo hice con toda intención, porque ese hombre representa todo lo que estoy buscando. A grandes rasgos, al menos; juzgando por encima.

Ni siquiera conozco a la persona en cuestión, pero sé que puedo lograr conocerlo si me lo propusiera. Hoy mi mente se ha obstinado en hacer todo lo posible por conquistarlo, hacerlo mío, que ruegue por mi amor... y todo porque quiero algo que valga la pena ser presumido. Es decir, si todo lo que he sufrido anteriormente fue por una razón superior, supongo yo que es para demostrarme que llegaría alguien mil veces mejor que viniera a desvanecer mi desilusión. 

Estoy consciente de que el fin no justifica los medios. En este momento, una parte de mí le está gritando a la otra para ponerse en manos a la obra. Y esa otra mitad reniega de ello. "No está bien, para nada, ni por asomo", susurra, dubitativa. Sé que tengo ambos lados de la moneda, y que normalmente suelo hacer lo correcto... sin embargo, el miedo que me corroe en el alma es precisamente que la parte de mí que busca lo correcto está silenciándose, en tanto que la impulsiva está tomando la batuta de la situación. 

En estos instantes, no sabría decir si tengo la mente más clara que nunca, o si, por el contrario, la neblina que cubre mis pensamientos es tan densa que me hace pensar que veo blancura, una pureza inmaculada. He puesto mis ojos en un reto mayor, en algo que trasciende más que un simple amor pasajero. Mis ojos están fijados al horizonte más lejano, a la certeza de un futuro confortable, a... la comodidad del porvenir. Pero sé que para ello tendré que trabajar muy duro, y quizá pisotear a unas cuantas personas con tal de lograrlo. Mi parte corrupta está dispuesta a tomar acción, y su contra-parte idealista y pura está en duda, queriendo rechazar aquella propuesta de la corrupción. Pero no encuentra razón para negarse.

¿Así de lastimada me encuentro que ni siquiera puedo pensar en la destrucción de mi propia moral? Puedo culpar a mil personas de mis desgracias, pero yo estoy tomando mis propias decisiones. Hoy no encuentro motivos para comportarme a la talla de mis estándares morales, así que la corrupción me está envolviendo poco a poco, acallando a esa voz llamada consciencia.      

martes, 25 de junio de 2013

La mujer de Rigoberto Martínez

A Rigoberto Martínez le molestaba que le hicieran comentarios respecto a su cabellera recientemente teñida. Sus canas, que antes reflejaban la claridad que otorgan los años y la experiencia, se veían empañadas por un fuerte color oscuro que intentaba ocultar -fallidamente- la edad que realmente tenía. No es que le molestara en demasía, si embargo, a su esposa veinte años menor que él,  sí.


-Cariño, de verdad, te juro que ese color te hará ver mucho mejor - solía repetirle su esposa mientras untaba aquella mezcla extraña en la cabeza de Rigoberto. Su bigote blanco tampoco se salvaba de aquella invasión extraña, resultando en una combinación realmente atroz al compararlo con el color de sus vellos en el pecho.


Por supuesto que para ella, la edad sí le importaba. En su círculo de amistades, no era ningún secreto que ella se había casado por amor al dinero de Rigoberto. Aquella afortunada decisión la llevó de la pobreza a la prosperidad. Ahora -creía ella-, necesitaba simular que esa relación no era tan dispareja como muchos pensaron el día de su boda. Después de todo, tendría que pasar aún varios años más antes de disfrutar ella sola la fortuna de Rigoberto. Incluso, tras la muerte del viejo raboverde, tendría que luchar con los hijos de su primer matrimonio por aquello que le pertenecía. Todo era de ella, y nada más de ella. No por nada tenía que soportar los desplantes de su esposo, los desprecios de una familia a la cual nunca pertenecería -parece que la mayoría de las personas siempre le dan preferencia al "primer todo"; el primer amor, el primer matrimono, el primer hijo-, y una vida donde la mentira era la única constante. "Al menos haré de esta situación algo más tolerable", se decía a sí misma en cada intento de rejuvenecer a Rigoberto. Dietas restrictivas, ropa nueva, tintes para el cabello; cualquier posibilidad a su alcance sería impuesta a su avejantado esposo, quien aceptaba cada imposición a remilgos.


-¿Qué te pasó en el cabello, Rigo? -preguntó Estrella, una mujer madura y corpulenta, con un temple extraordinario, pero que no podía evitar ocultar la comicidad de la situación.


-Es Paty la que insiste en pintarme el cabello, no tengo más opción -respondió Rigoberto con una mirada apacible a su hermana favorita, aunque no podía evitar reflejar aquella resignación en sus rasgos cubiertos con unas cuantas arrugas.


Estrella sonrió.


-Tú sabrás, manito, tú sabrás.


La visita fue corta, ya que el marido de Estrella la esperaba impacientemente afuera de la oficina de Rigoberto. Desde que él se había casado con aquella mujer, Paty, la unión familiar terminó tajantemente. Antes, cuando estaba casado con Ángeles, sus hermanas solían reunirse con él cada cumpleaños, cada navidad y cada fin de año. Ahora apenas y le contestaban el teléfono, y tenía incluso que suplicar por que lo incluyeran en las reuniones familiares cuyo anfitrión era él en el pasado. Estrella no era precisamente grosera con él, pero Raquel, la segunda en nacer -después de Rigoberto, quien era el mayor-, era un caso distinto.


-Si viene a mi casa sin avisar le mento la madre -le decía a Estrella, con una ira en su tono que estremecía.



Pues, con la novedad

¿Quieren vieja cabrona? Pues vieja cabrona van a tener.


Pinches hombres de mierda que se comportan como nenas maricas.

sábado, 22 de junio de 2013

Abatimiento

Cuando busco estabilidad en medio de la nada, tal parece que el producto de la casualidad, de la psicología inversa o la ley de los opuestos -qué sé yo, quizá una combinación de las tres-, aparecen de nuevo aquellas situaciones, esas personas, que causan un tambaleo emocional increíble. Y lo poco a lo que me puedo aferrar me provoca el peor de los daño, como si pudieran atisbar su importancia necesaria...


¿En qué momento va a dejar de hacerme daño? No quisiera pensar que nunca, porque sé que cualquier debilidad se puede ir superando hasta que la misma no signifique nada. Pero toma tiempo, un muy doloroso tiempo. Hoy, por ejemplo, me aventuré a entrar a la lógica retorcida de aquél que amé. Sabía que me estaba aventurando al sufrimiento, y aún así me permití regresar a la cruda desesperación de sus pensamientos. Parece no decir nada, sin embargo, tan bien como lo conozco, sé que grita en sus propias palabras, así como también en sus silencios. ¿Seguirá arrepintiéndose de haberme perdido? Al menos ahora estoy consciente de que hubiera terminado pulverizada en sus manos, y que haberle permitido demasiado fue un error brutal.


¿Y por qué vuelvo a hablar de él? Porque todo aquello que me estaba haciendo olvidarlo me falló. Y hoy no puedo recurrir a nadie que me escuche, más que mi propia desesperación, esa que me dirige de nuevo a sus brazos invisibles. Como si quisiera convencerme a mí misma de que la triste belleza de nuestros recuerdos es el dolor más hermoso, más puro, lo esencialmente perfecto, y que, por tanto, no necesito nada más que el vestigio de su amor para seguir adelante.


Quizá sea yo la que tiene la lógica retorcida. Pero qué más da.