Me gusta estar contigo porque es algo que nunca espero, simplemente sucede en los momentos en que menos me imagino. Porque, estando a tu lado, no hay ni bienvenidas ni despedidas... ni miedo a que te vayas, porque nunca estuviste. Tan fugaz, tan breve como el paso de la brisa, que ocasionalmente se arremolina en un mismo lugar, y de pronto, se desvanece para dirigirse a un destino incierto.
Me gusta el calor que desprende de tu cuerpo por mi causa, pero más disfruto dormir a tu lado, y encontrarme con tus ojos azules ocasionalmente. Tímidamente, aparto la mirada, pues rehuyo a la idea de perderme en ellos y entrar al mundo de calamidades que innecesariamente padecen los débiles enamorados. Tan sólo quiero sentir tu piel, y quedarme con el vestigio de ese calor.
Pero lo que más me gusta, después de apartarnos de todo y de todos por un par de horas, es que puedo volver a mi realidad, pensando que todo aquello fue un sueño... sin añorar nada más, que el recuerdo que has forjado en mi mente. Un recuerdo físico, puramente físico.
No necesito más.
domingo, 22 de noviembre de 2015
martes, 10 de noviembre de 2015
Un sueño
Haber estado contigo fue como un sueño; onírico, maravilloso, como nunca hubiera pensado sentirme en brazos desconocidos.
Mientras que, al más mínimo roce de otras manos por mi cuerpo me provocaba desdén y desesperación, en el momento en que me sentí atraída hacia ti, las dudas desaparecieron. No hubieron otros pensamientos en mi cabeza más que el simple acto de dormir a tu lado, acariciar tu cabello suavemente, y pasar mis dedos por el contorno de tu rostro. Sentir tus labios con los míos, respirar el calor de tu piel... y saborear por un momento la victoria que sentí al saber que, por unos instantes, sólo fuiste mío, y que yo fui la causa de tus gruñidos de placer.
Sabemos muy poco de los dos, pero cuánto importa, de todos modos: absolutamente nada. No te amo, ni tú a mí. Tan sólo estoy permitiéndome conocer los límites del placer y del dolor. A saborear el dolor y el sufrimiento como algo intrínseco de la vida. Y es maravilloso. Terriblemente destructivo y tentador.
Me gustas. Tan simple como eso.
Mientras que, al más mínimo roce de otras manos por mi cuerpo me provocaba desdén y desesperación, en el momento en que me sentí atraída hacia ti, las dudas desaparecieron. No hubieron otros pensamientos en mi cabeza más que el simple acto de dormir a tu lado, acariciar tu cabello suavemente, y pasar mis dedos por el contorno de tu rostro. Sentir tus labios con los míos, respirar el calor de tu piel... y saborear por un momento la victoria que sentí al saber que, por unos instantes, sólo fuiste mío, y que yo fui la causa de tus gruñidos de placer.
Sabemos muy poco de los dos, pero cuánto importa, de todos modos: absolutamente nada. No te amo, ni tú a mí. Tan sólo estoy permitiéndome conocer los límites del placer y del dolor. A saborear el dolor y el sufrimiento como algo intrínseco de la vida. Y es maravilloso. Terriblemente destructivo y tentador.
Me gustas. Tan simple como eso.
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