jueves, 27 de abril de 2017

Te amo

Sí, te amo.

Te amo con una locura y con una pasión que jamás creí volver a sentir. Antes de ti, mis emociones estaban entumecidas; parecía una muerta en vida. Las manifestaciones de amor que cualquiera intentaba darme me parecían superfluas, insignificantes, inútiles. Me forzaba a querer a las personas... pese a que no sintiera ni la más mínima atracción por ellas. Sentía como si una pieza en mi cabeza (o en mi corazón) estuviera fallando, pues intenté con muchos hombres, enamorarme de verdad. Por muchas ocasiones, acallé mi instinto que me decía que me estaba equivocando... que me alejara de todos ellos. Y cómo sufría en cada final al darme cuenta que mi voz interior tuvo razón desde un principio. 

Y luego, ¿qué? 

No sé, fuiste inesperado. De pronto llegaste tú, sin ninguna intención... a interesarte por mí. Por mi persona, ir más allá de la fachada que soy y suelo dar a todos los demás. De una manera en la que no me explico, te fuiste ganando mi confianza, uno a uno de mis secretos... una a una de las pequeñas partes de todos los pedazos de mi corazón, que a la fecha sigue estando roto y descuidado. 

De pronto, empecé a pensar cada vez más en ti, y en cómo me complementabas en muchísimos aspectos de mi persona. Contigo aprendí por primera vez a sincerarme, a entender que debo hablar mis sentimientos para que las personas me entiendan, a comprender que más allá de mi propio egoísmo, soy capaz de sentir tu sufrimiento como el mío, así como a gozar tu alegría como si fuera mi propio regocijo. Contigo desaprendí todo lo malo de estos últimos diez años, y me vi amando igual que como me sucedió la primera vez. Con esa intensidad.

Sólo hasta ahora que admito que te amo, es cuando puedo visualizar que todo lo que he hecho por estar a tu lado está absolutamente equivocado. Pero luego me pregunto... ¿habríamos sentido lo mismo si me hubiera alejado desde antes? Por primera vez en mucho tiempo, seguí esa voz interior que me decía que continuara. Aún la sigo escuchando, y es por eso que todavía sigo contigo. Pese a que nuestro amor sea indebido.

Dicho esto, estoy consciente de que probablemente tú no me ames con la misma intensidad que yo, pero no te preocupes. Ya estoy acostumbrada a que eso siempre suceda. Me basta con saber que no estoy rota, y que puedo volver a sentir amor pese a tanto sufrimiento. Prefiero sentirme en llamas, a pasar el resto de mi vida incapaz de sentir nada más que no sea el vacío de mi propia existencia.

Te amo. 

La entrada anterior...

He estado vuelta loca en los últimos meses. He pasado días y noches llorando en agonía intentado explicarme, una y otra vez, cómo es posible que haya caído en una situación tan problemática, tan dolorosa, y tan aterradoramente fascinante. Y luego veo la entrada anterior... y yo misma me doy la respuesta. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Yo, y nadie más que yo, fui la causante de todo este cúmulo de emociones que me están consumiendo por dentro. Aunque no, ni eso. Las emociones no me consumen... ahora ellas son entes ajenos a mí, a los cuales estoy alborotando continuamente. Les aplico fuertes dosis de adrenalina, las pisoteo y las magullo sin cesar, hasta exprimirlas... hasta dejarlas agotadas y entumecidas. Para que no reaccionen como deben de reaccionar. Cuando las dejo descansar es cuando retoman su fuerza original y me hacen sufrir. La culpa y el dolor vuelven a mí de golpe, y es cuando vuelvo a ser errante, pues estoy tan podrida en mi interior que no encuentro consuelo en mi misma. Ocupo hacer daño a mi temible fuente de estímulos, para de algún modo retorcido sentir paz y encontrar un equilibrio. Un equilibrio destructivo.

¿Cuándo me siento tranquila? Cuando hago esa peligrosa disociación entre mis sentimientos y mis acciones. Cuando la persona física que actúa y el ser metafísico que piensa y siente, se separan. El ser metafísico se vuelve un vil espectador de lo que el cuerpo físico hace y deshace... y éste se conforma con ver el fuego que prende a los demás. Provocar quemaduras, sufrimientos, reflejar de manera externa lo que le sucede al metafísico.

Me da miedo la persona en que me he convertido... pero me pregunto yo, ¿acaso no era lo que buscaba en primer lugar? Ahora más que nunca soy el reflejo de lo que buscaba ser hace seis o siete años desde que empecé a escribir aquí. Ya no me importa nada, ni nadie. Soy lo suficientemente egoísta y estoica para soportar descaradamente todos los frutos prohibidos que me permito.

¿Soy feliz? A veces, pero creo que uno nunca puede ser feliz todo el tiempo. Al menos yo nunca podré ser completamente feliz en el amor, porque mi amor mata, es dañino y doloroso. Así que me dedicaré a saborear esta miseria que... si acaso me provee de material para escribir.

¿Quién dijo que no podría encontrar la felicidad en la belleza de las palabras? Ellas son mi único consuelo.