Haber estado contigo fue como un sueño; onírico, maravilloso, como nunca hubiera pensado sentirme en brazos desconocidos.
Mientras que, al más mínimo roce de otras manos por mi cuerpo me provocaba desdén y desesperación, en el momento en que me sentí atraída hacia ti, las dudas desaparecieron. No hubieron otros pensamientos en mi cabeza más que el simple acto de dormir a tu lado, acariciar tu cabello suavemente, y pasar mis dedos por el contorno de tu rostro. Sentir tus labios con los míos, respirar el calor de tu piel... y saborear por un momento la victoria que sentí al saber que, por unos instantes, sólo fuiste mío, y que yo fui la causa de tus gruñidos de placer.
Sabemos muy poco de los dos, pero cuánto importa, de todos modos: absolutamente nada. No te amo, ni tú a mí. Tan sólo estoy permitiéndome conocer los límites del placer y del dolor. A saborear el dolor y el sufrimiento como algo intrínseco de la vida. Y es maravilloso. Terriblemente destructivo y tentador.
Me gustas. Tan simple como eso.
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