miércoles, 2 de septiembre de 2015

Por el camino de la amargura

Me sorprende lo maravillosa que me he sentido durante todos estos meses. Poco tiempo me tomé para escribir porque simplemente todo era fenomenal. Pasional, etéreo, y poco importante. La vida tomó un giro inesperado, así de sencillo.

Hubo un punto en el tiempo, con mi sufrimiento por mis amores perdidos, en que el camino se me iluminó, y de pronto me di cuenta de la más fría y cruel verdad: que mi existencia es efímera. Mi consciencia sólo estará presente en este mundo unos cuantos años -incluso si son pocos o muchos es ya una pregunta bastante grave-, y que estoy perdiendo el tiempo viviendo en las penumbras de mi dolor. Sí, una punzada en el pecho, un verdadero dolor físico me hizo darme cuenta de que el tiempo perdido jamás lo recuperaré, y que era una reverenda estupidez malgastarlo en llorar por alguien que a duras penas recuerda mi nombre.

Así que eso mismo hice: disfrutar la vida al máximo. Salir con todos los hombres que me agradaran; ver a mis amigas a todas horas, en todo momento y cualquier día de la semana; probar cosas nuevas en todo sentido... desde probar platillos nuevos, acercarme a personas que jamás se me hubiera cruzado por la mente hablarles, estimular los sentidos por medios de dudosa moralidad; bailar hasta el amanecer; cantar hasta que me ardiera la garganta; todo, absolutamente todo.

Los hombres. Mi martirio, mi némesis. Decidí dejar de darles importancia, y funcionó a la maravilla. Conocí a personas magníficas, independientemente de que la compatibilidad funcionara a un plano más allá de lo casual. Me sentí en plena libertad, dejé a un lado mis sentimientos solemnes dividiendo mi capacidad de amar. Todo me parecía absolutamente perfecto.

Y luego llegó mi calamidad, la que me pone de nuevo en una crisis con ímpetu de querer regresarme a mi estado autoflagelador natural. En mi afán de diversificar mi cariño para evitar el dolor, me encontré de la manera más casual al hombre que, en una noche, me hizo sentir como si lo conociera de años. Al segundo día, sentía que hablaba con la versión masculina de mi persona. Al tercer día ya nos estábamos viendo los rostros apasionados, hablando de la belleza de la vida. Unos pocos días más y de pronto ya sentí esa necesidad imperante de caricias que nublan la mente y agudizan los sentidos. Su presencia hizo desaparecer aquellos mecanismos de protección que me implanté para dar la vuelta triunfal de esa mujer apasionada y amante que siempre he sido, durante toda mi vida.

Eso me aterra. Me atemorizan estos sentimientos que, en parte son familiares, y que por otro lado tienen implicaciones bastante más fuertes para la integridad de mi persona. Estoy sucumbiendo a una tentación deliciosa, de esas a las que son fáciles caer. Y por otro lado, estoy luchando con esa parte de mí que sabe que terminaré sufriendo. Porque, así como fui consciente de que mi vida es finita de un modo que nunca había analizado... también analicé mi forma de amar, y desafortunadamente, de la forma de amar de los demás.

Sí, me hago daño en mi propia forma de amar. Mi proceso de enamoramiento suele ser tortuoso porque encuentro en la nostalgia y en la belleza de las estrellas cruzadas un elixir fascinante. Porque suelen gustarme las personas que no mienten ni aparentan nada... cuando irónicamente mentimos cuando nos sentimos enamorados. Porque amo sin desenfreno, esperando que la intensidad de mis propios sentimientos sea suficiente para que éstos sean correspondidos. Lo tomo como un reto; he de admitir que incluso, quiero sentirme digna del amor de la otra persona... por tanto, no creo en aquellos que naturalmente vienen a expresarme cualquier tipo de sentimiento de la nada. Y las personas no aman así. O no suelen amar de esa manera con tanta naturalidad. 

Todo esto me lleva a relaciones sin concretarse, a sufrir en silencio, a aceptar migajas de amor... quiero huir de todo ello y simplemente ser feliz, o tan siquiera, permanecer en un estado de calma. Todo iba bastante bien... hasta que lo conocí.

Ni siquiera somos nada y ya lo pienso. Otra vez, quiero tomar su rostro para escribir los más bellos y tristes cuentos, como lo he hecho con tantos en el pasado. Lo cierto es que quería mantener sin rostro a las creaciones perfectas de mi intelecto... y permitirme amar de una manera más orgánica, casual, sin desesperaciones de ningún tipo. Y viene como algunos en el pasado, a despertar al ingrato de mi corazón, hacerlo latir a mil por hora, para luego abandonarlo y pisotearlo un poco, incluso. No, ni siquiera tengo suficiente evidencia para comprobarlo... pero no necesito ningún tipo de comprobación. Así son siempre las cosas; al final nunca soy yo. Al menos, cuando amo de la forma en que me lastima.

Quiero huír del camino de la amargura al que acabo de someterme hace apenas un par de días. La única diferencia de hoy y las tristezas pasadas es que... al menos esta vez sí tengo intención de suprimir ese dolor y dejarlo ir. Y si para ello necesito destrozar yo misma otros corazones... que me perdone quien tenga que perdonarme. Hace mucho que dejé de creer en un Dios que pueda castigarme por querer mantener un poco de cordura.

Y de todos modos, ya me han lastimado lo suficiente como para poder decir que "ahora es mi turno".

Porque ahora lo es. Es mío.




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