Algo que me ha caracterizado siempre, y que es intrínsecamente parte de mí es que me cuesta mucho trabajo dejar ir a alguien que alguna vez fue parte importante en mi vida.
Quizá sea algo que todos sufrimos en mayor o menor grado. Sin embargo, esto me ha provocado dolores innecesarios en muchas ocasiones. Me aferro a los recuerdos, a las épocas doradas, a momentos de mi pasado que ya no reflejan a la persona que solía ser. El tiempo pasa, y las personas cambiamos. Yo cambio y tú también cambias.
¿Es culpa de alguien que, después de tanto tiempo, ya no tengamos tema de conversación? ¿Que nuestros intereses hayan cambiado, o que lo que alguna vez nos dio gracia, ahora nos causa una repulsión mutua?
Aunque duela, a veces es mejor dejar ir a las personas. He caído mil veces en el error de intentar reparar una relación... y a veces lo único que necesitaba era ser atesorada en recuerdos que al menos dejan una sensación de felicidad y melancolía. Esto último es preferible a destrozar los destellos de la memoria, a quedarte con lo peor de la otra persona, y tener un remordimiento que carcoma el alma.
Me ha costado mucho trabajo, pero finalmente puedo decir que ya no es necesario retener a los que alguna vez amé para continuar con mi vida. Porque las personas fácilmente vienen y van. Se pueden ir, y si quieren volver, mis brazos siguen abiertos. Pero si deciden no regresar, bueno, al menos tendrán una mano amiga que se agita en el aire en señal de despedida, deseándoles lo mejor en este breve resplandor que llamamos vida.
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