Me sorprende lo mucho que me he tardado en volver a este medio. En mi última entrada hablé de que mis tristezas parecen estar en función del número de veces que aquí escribo en el año... si tengo desde enero sin escribir, ¿no sería eso una señal de que mi vida ha estado sustancialmente mejor?
Podría decirse que sí. Pero también es que he estado lo suficientemente ocupada en mis metas... encontré un trabajo mucho más acorde a lo que quería, de repente las clases me parecieron más amenas, estoy a punto de terminar una etapa importante en mi vida... todo se está cumpliendo, quizá no todo al cien por ciento como quisiera, pero finalizará de todos modos. Eso será bueno, porque me ayudará a renovarme y deshacerme de fantasmas pasados. El obstáculo mayor ahora no es más que una pequeña piedra que habrá que patear para moverla del camino. Las cadenas que me ataban se desvanecen, y sólo quedo yo y ese potencial sin explotar del todo.
He estado triste varias veces. Pero las ocupaciones han sido más fuertes que mi debilidad emocional. Tenía que seguir adelante a pesar de todo. ¿Y saben qué? Estoy orgullosa de eso. Porque la vida está permanentemente vinculada al sufrimiento... y ese dolor nos recuerda cuánto debemos apreciar lo que tenemos, disfrutar esos pequeños instantes que no reconoces como felicidad sólo hasta que se han marchado. Un parto, aunque doloroso, trae la felicidad del nacimiento de un ser vivo... la muerte que desemboca en lágrimas refleja lo importante que fue esa persona en vida. Venimos al mundo a afectarnos, a aprender, y a crecer espiritualmente, a sufrir y compartir esos malsabores de la vida.
Entonces sí, he sufrido mucho. Pero también he aprendido lo que mis sufrimientos me dicen: que estoy viva, y que no pretendo desperdiciar ni un minuto de mi tiempo.
Así está el asunto.
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