Así me siento de todo en las redes sociales, o más bien cualquier tipo de interacción social. Sobre todo la de Internet. Pero también algo en el día a día.
No sé qué me pasa. Estoy de nuevo en esa época poco agradable en donde a cada persona, cada comentario que se cruza en mi camino termina siendo destrozado por mi cabeza. Inferiorizo sentimientos, asignándole a su emisor un carácter por demás explicativo por principios Freudianos.
No hay significados, no hay más que superficialidad andante, no hay contenido, sólo un par de formas extrañas en las que se ha desarrollado nuestra sociedad. Somos una nada.
¿Y yo? Estoy en el punto en donde la belleza y fealdad se difuminan a un punto en donde ya no sé siquiera qué es lo uno y qué es lo otro.
Cada acción humana (y por ello no dejo de incluirme ni mucho menos) me repugna, me da asco, me recuerda lo imperfectos en que nos empeñamos a ser... batallamos mucho por dar impresiones, por conseguir cosas vanales que apenas y a uno mismo le dan satisfacción. Estamos rodeados de una cultura vacía, superflua, con sentimientos llanos y carentes de intensidad necesaria.
Quizá no sé lo que siento. Quizá lo que quiero es insensibilizarme ante lo que yo considero idioteces. En realidad mi aversión social se debe a que me importan más las cosas de lo que deberían. Espero mucho de los otros y ésos otros me dan nada. Porque así siempre ha sido y siempre lo será.
Hoy odio a todos. Y precisamente eso es lo que debe cambiar... no a un odio, sino a una indiferencia que resulte acogedora. No creo lograrlo completamente alguna vez (no creo que nadie pueda) pero acercarme un poco más a ello me podrá dar una mayor felicidad.
Que todo mundo se vaya a la mierda.
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