A Rigoberto Martínez le molestaba que le hicieran comentarios respecto a su cabellera recientemente teñida. Sus canas, que antes reflejaban la claridad que otorgan los años y la experiencia, se veían empañadas por un fuerte color oscuro que intentaba ocultar -fallidamente- la edad que realmente tenía. No es que le molestara en demasía, si embargo, a su esposa veinte años menor que él, sí.
-Cariño, de verdad, te juro que ese color te hará ver mucho mejor - solía repetirle su esposa mientras untaba aquella mezcla extraña en la cabeza de Rigoberto. Su bigote blanco tampoco se salvaba de aquella invasión extraña, resultando en una combinación realmente atroz al compararlo con el color de sus vellos en el pecho.
Por supuesto que para ella, la edad sí le importaba. En su círculo de amistades, no era ningún secreto que ella se había casado por amor al dinero de Rigoberto. Aquella afortunada decisión la llevó de la pobreza a la prosperidad. Ahora -creía ella-, necesitaba simular que esa relación no era tan dispareja como muchos pensaron el día de su boda. Después de todo, tendría que pasar aún varios años más antes de disfrutar ella sola la fortuna de Rigoberto. Incluso, tras la muerte del viejo raboverde, tendría que luchar con los hijos de su primer matrimonio por aquello que le pertenecía. Todo era de ella, y nada más de ella. No por nada tenía que soportar los desplantes de su esposo, los desprecios de una familia a la cual nunca pertenecería -parece que la mayoría de las personas siempre le dan preferencia al "primer todo"; el primer amor, el primer matrimono, el primer hijo-, y una vida donde la mentira era la única constante. "Al menos haré de esta situación algo más tolerable", se decía a sí misma en cada intento de rejuvenecer a Rigoberto. Dietas restrictivas, ropa nueva, tintes para el cabello; cualquier posibilidad a su alcance sería impuesta a su avejantado esposo, quien aceptaba cada imposición a remilgos.
-¿Qué te pasó en el cabello, Rigo? -preguntó Estrella, una mujer madura y corpulenta, con un temple extraordinario, pero que no podía evitar ocultar la comicidad de la situación.
-Es Paty la que insiste en pintarme el cabello, no tengo más opción -respondió Rigoberto con una mirada apacible a su hermana favorita, aunque no podía evitar reflejar aquella resignación en sus rasgos cubiertos con unas cuantas arrugas.
Estrella sonrió.
-Tú sabrás, manito, tú sabrás.
La visita fue corta, ya que el marido de Estrella la esperaba impacientemente afuera de la oficina de Rigoberto. Desde que él se había casado con aquella mujer, Paty, la unión familiar terminó tajantemente. Antes, cuando estaba casado con Ángeles, sus hermanas solían reunirse con él cada cumpleaños, cada navidad y cada fin de año. Ahora apenas y le contestaban el teléfono, y tenía incluso que suplicar por que lo incluyeran en las reuniones familiares cuyo anfitrión era él en el pasado. Estrella no era precisamente grosera con él, pero Raquel, la segunda en nacer -después de Rigoberto, quien era el mayor-, era un caso distinto.
-Si viene a mi casa sin avisar le mento la madre -le decía a Estrella, con una ira en su tono que estremecía.
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