jueves, 27 de abril de 2017

La entrada anterior...

He estado vuelta loca en los últimos meses. He pasado días y noches llorando en agonía intentado explicarme, una y otra vez, cómo es posible que haya caído en una situación tan problemática, tan dolorosa, y tan aterradoramente fascinante. Y luego veo la entrada anterior... y yo misma me doy la respuesta. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Yo, y nadie más que yo, fui la causante de todo este cúmulo de emociones que me están consumiendo por dentro. Aunque no, ni eso. Las emociones no me consumen... ahora ellas son entes ajenos a mí, a los cuales estoy alborotando continuamente. Les aplico fuertes dosis de adrenalina, las pisoteo y las magullo sin cesar, hasta exprimirlas... hasta dejarlas agotadas y entumecidas. Para que no reaccionen como deben de reaccionar. Cuando las dejo descansar es cuando retoman su fuerza original y me hacen sufrir. La culpa y el dolor vuelven a mí de golpe, y es cuando vuelvo a ser errante, pues estoy tan podrida en mi interior que no encuentro consuelo en mi misma. Ocupo hacer daño a mi temible fuente de estímulos, para de algún modo retorcido sentir paz y encontrar un equilibrio. Un equilibrio destructivo.

¿Cuándo me siento tranquila? Cuando hago esa peligrosa disociación entre mis sentimientos y mis acciones. Cuando la persona física que actúa y el ser metafísico que piensa y siente, se separan. El ser metafísico se vuelve un vil espectador de lo que el cuerpo físico hace y deshace... y éste se conforma con ver el fuego que prende a los demás. Provocar quemaduras, sufrimientos, reflejar de manera externa lo que le sucede al metafísico.

Me da miedo la persona en que me he convertido... pero me pregunto yo, ¿acaso no era lo que buscaba en primer lugar? Ahora más que nunca soy el reflejo de lo que buscaba ser hace seis o siete años desde que empecé a escribir aquí. Ya no me importa nada, ni nadie. Soy lo suficientemente egoísta y estoica para soportar descaradamente todos los frutos prohibidos que me permito.

¿Soy feliz? A veces, pero creo que uno nunca puede ser feliz todo el tiempo. Al menos yo nunca podré ser completamente feliz en el amor, porque mi amor mata, es dañino y doloroso. Así que me dedicaré a saborear esta miseria que... si acaso me provee de material para escribir.

¿Quién dijo que no podría encontrar la felicidad en la belleza de las palabras? Ellas son mi único consuelo.

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